Por qué no debes de vivir una experiencia boudoir

Si estás lista para vivir la experiencia boudoir, este texto no es para ti. Pincha aquí ↗️

Por qué no debes de vivir una experiencia boudoir

No la hagas. No te regales una tarde entera para mirarte con calma, sin prisas ni etiquetas. No te pongas frente a una cámara para descubrir algo que, en el fondo, ya sospechas. Es mejor seguir pensando que cuidarte es un lujo, no una necesidad. Más práctico. Más cómodo.

Hace años, una amiga mía viajó sola por primera vez. No porque lo necesitara, decía, sino porque un día dejó de convencerse de que no lo merecía. No volvió iluminada ni con respuestas universales. Volvió distinta. Más dueña. Como quien entiende que esperar eternamente el “momento perfecto” es otra forma elegante de no moverse.

Con el boudoir pasa algo parecido. No es miedo al cuerpo ni a la sensualidad. Es ese pensamiento silencioso que susurra: “no es para mí”. Como si hubiera mujeres autorizadas a celebrarse… y otras que deben conformarse con sobrevivir.

No te voy a animar a hacerlo. Sería innecesario. Estas decisiones no se toman por empujón externo, sino cuando una se cansa de ser siempre la última en su propia lista. Cuando se da cuenta de que ha dicho “no es esencial” demasiadas veces. A sí misma. Siempre a sí misma.

Quizá ahora pienses que no puedes permitírtelo. Tal vez sea cierto. El dinero, el tiempo, las prioridades. Todo eso pesa. Pero dime algo: ¿cuántas veces has dejado para “algún día” lo que en realidad era para ti?

Una experiencia boudoir no va de fotos bonitas. Va de mirarte sin castigo. De descubrir que tu cuerpo no es un problema a resolver, sino un lugar que habitas. Como una casa vivida: imperfecta, real, valiosa.

Así que no la vivas.
No todavía.
No hasta que entiendas que no se trata de verte sexy, sino de verte tuya.

Cuando decidas que es tu momento, lo sabrás.
Y aquí estaré.

Nos vemos cuando decidas que es tu momento.