Crónica íntima de un deseo incómodo
Hay frases que pesan más de lo que aparentan. “Me gusta un hombre casado” es una de ellas. Suena breve, casi inocente, pero encierra un nudo emocional digno de una novela rusa: deseo, culpa, fantasía, miedo. Todo a la vez. Como querer abrir una puerta sabiendo que del otro lado hay fuego… y aun así acercar la mano.
No suele empezar con dramatismo. A veces nace de una conversación larga, de una complicidad inesperada, de una risa compartida en el momento justo. Otras, irrumpe como un flechazo absurdo que no pidió permiso. El problema no es sentir —sentir es humano—, el problema es qué hacemos con eso que sentimos.
¿Por qué precisamente él?
Aquí aparece la primera ironía: muchas veces no nos enamoramos del hombre, sino de lo que representa. El hombre casado suele encarnar una promesa silenciosa de estabilidad, madurez, control. Es alguien que “ya resolvió la vida”, o al menos eso parece desde fuera. Y esa apariencia puede resultar tan atractiva como un faro en medio de una noche confusa.
También está el factor prohibido. Lo que no se puede tener brilla más, como esas frutas que saben mejor solo porque alguien dijo “no”. El deseo se alimenta del límite. No porque sea sano, sino porque es humano.
Y, por supuesto, está la conexión emocional. Ese terreno pantanoso donde uno se dice: “No pasa nada, solo hablamos”, mientras el corazón ya está redactando un guion alternativo de la realidad.
El coste invisible del deseo
Aquí conviene detenerse. Porque todo deseo tiene un precio, aunque a veces llegue en letra pequeña.
Involucrarte —emocional o físicamente— con un hombre casado no es un asunto privado entre dos adultos aislados del mundo. Hay terceros. Hay vínculos. Hay una esposa que no firmó este contrato emocional y, en muchos casos, hijos que no eligieron este terremoto.
Y luego estás tú. Tu reputación, tu paz mental, tu autoestima. Porque estas historias rara vez se viven a pleno sol. Suelen desarrollarse en la penumbra: mensajes borrados, planes a medias, promesas vagas. Mucha intensidad, poca claridad. Como correr una maratón en una cinta que no avanza.
Entonces… ¿qué hago?
No hay recetas mágicas, pero sí preguntas honestas.
Primero: mírate sin juicio. Pregúntate qué está despertando este hombre en ti. ¿Es amor real o hambre emocional? ¿Es él… o lo que simboliza? A veces el deseo señala carencias propias más que afinidades auténticas.
Segundo: habla. Con una amiga que no te aplauda todo. Con un terapeuta. Con alguien que no esté enamorado del problema. Decirlo en voz alta suele quitarle parte de su hechizo.
Tercero: pon límites. Sí, suena frío. Pero los límites son una forma adulta de autocuidado. Distancia, menos contacto, menos intimidad emocional. No como castigo, sino como respeto hacia ti misma.
Elegirte no siempre es lo más fácil, pero suele ser lo más sano
Pregúntate algo crucial:
¿Estás dispuesta a ser siempre la opción secundaria, el paréntesis, el “cuando pueda”?
Porque muchas veces la promesa implícita nunca se concreta. Y tú mereces una historia donde no tengas que esconderte.
Hay alternativas. Personas disponibles. Caminos sin culpa. Proyectos propios que no dependan del silencio ajeno. Redirigir el deseo no es reprimirlo, es recolocarlo.
Para cerrar, sin moralejas baratas
Sentir atracción por un hombre casado no te convierte en villana. Te convierte en humana. Pero actuar contra tus valores sí puede dejar cicatrices. La honestidad —contigo primero— suele doler menos a largo plazo que una ilusión sostenida con migajas.
Cuídate. Respeta los compromisos ajenos. Y, sobre todo, no te conformes con amores que solo existen a medias. El deseo puede ser intenso, sí. Pero la paz… la paz es otra forma de amor, más silenciosa y mucho más duradera.



